Cementerio de la Recoleta: gatos y trasnochados

Un paseo por el Cementerio de la Recoleta, en la ciudad de Buenos Aires, no es para hacer en un dí­a como hoy. Demasiado sol, demasiada gente, demasiadas risas.

La primera vez que vine fue un sábado, lluvioso, temprano por la mañana. Éramos pocos. Algunos turistas perdidos entre sus calles, los gatos y yo.

Hoy los turistas, con lenguas y tonadas diferentes son multitud. Los gritos y las carcajadas están a la orden del día. El cementerio se convirtió en un lugar turístico, un paseo más entre tanto shopping.

Uno descubre en estos recorridos más de los vivos que de los muertos. Los restos están ahí­, como un simple recuerdo de que en algún momento de la historia transitaron por los mismos espacios que hoy recorremos nosotros.

Los vivos muestran sus miedos al entrar. Algunos esperan a sus compañeros en la puerta. No quieren traspasar las columnas que dan la bienvenida a un lugar repleto de últimas moradas. Otros se rí­en a carcajadas y posan frente a panteones como si fueran modelos profesionales. Seguramente esas risas ayudarán a conjurar su miedo a la muerte. Mostrarle a la parca que están vivos, que hoy no hay chance, que en este día, al menos en este, no se los va a llevar.

Y los sepulcros reciben estas visitas impávidos. No hay modificación alguna luego del paso de tanta gente. Sólo el silencio que vuelve a adueñarse del espacio. Los gatos que regresan a los caminos. Estuvieron escondidos durante todo el tiempo que tanto ímpetu humano admirando la muerte ajena circuló por los espacios que les son propios. Su andar es lento, sosegado, cómodo. Los gatos son los que mejor se llevan con la muerte.

Si uno se aleja de las tumbas conocidas, de las que más admiradores reciben puede descubrir grandes historias. Esas que no interesan a las visitas, a los guías, a los diarios.

Este cementerio alberga muchas tumbas sin muertos y muchos muertos sin deudos. Panteones vacíos, abandonados, destruidos, sin vida y sin muerte. Otros donde los muertos sólo son visitados por simple curiosidad por un caminante perdido. Sepulcros rotos, con vidrios destrozados, con telas de arañas abrazando los candados. Llenos de soledad, la más cruel, la de la vida que no recuerda a la muerte.

La bienvenida que me dio la lluvia la primera vez que estuve fue como un abrazo de alguien que te espera. Hoy el sol me invita a retirarme. A refugiarme en un bar a leer, a escribir. A alejarme de un ritual, el de visitar a los muertos, que se ha convertido en este lugar en una fiesta turística. Esperaré nuevas lluvias, nuevos días grises, nuevas mañanas donde sólo recorramos sus calles los caminantes trasnochados y los gatos.

PH: Soledad Hessel

 

 

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